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De Jaime a Jaime

El Lcdo. Jaime Sanabria escribe sobre el poder transformador de un mentor: el Lcdo. Jaime Lamboy Riley, máximo responsable de los asuntos legales de la FIBA.
Resumen de puntos principales
  • El autor reconoce figuras modelo que moldearon su carácter y carrera profesional.
  • Jaime Lamboy Riley inspiró al autor con su entrega en cancha y disciplina académica.
  • La elocuencia y don actoral de Jaime fueron claves para el éxito en debates y mentoría.
  • Jaime alcanzó prestigio profesional como jefe legal en la FIBA y ejemplo permanente.
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Las opiniones expresadas en este artículo son únicamente del(a) autor(a) y no reflejan las opiniones y creencias de Microjuris o sus afiliados.

Por el Lcdo. Jaime Sanabria

“Yo soy así”. Esa frase encierra una parte esencial de la historia de la humanidad y, por ende, de la civilización. Infinitud de líderes a lo largo de la historia la han utilizado, de manera expresa o sublimimal, para justificar sus acciones, sus conquistas, sus masacres, sus poderes, sus modus operandi en definitiva.

Pero esas tres palabras no son exclusivas de jerarcas porque nos identifican a cada uno, aunque el “yo soy así” propio no coincida en muchas ocasiones con el ajeno. En mi caso, yo soy así, o yo me veo así más bien, porque he procurado seguir el ejemplo de referentes que fortalecieran aquellos aspectos de mi personalidad inherentes tanto a mi determinismo genético, como a mi educación, como a mis decisiones, como a las distintas circunstancias personales y profesionales que se han ido dando a lo largo de mi existencia.

Ese “yo soy así” no es un eslogan de vida inamovible porque ha ido modificándose con los años, con los lecciones de vida, con los logros y con los varapalos – más pedagógicos estos últimos – pero no olvido a esos aludidos modelos de mis distintas fases vitales y quiero seguir expresando mi reconocimiento hacia ellos con mi voz escrita, con la luz encendida, sin aspavientos semánticos pero con claridad, con orgullo de haber compartido una cuota de su pasado.

Uno de ellos se llama como yo: Jaime, pero se apellida Lamboy Riley, y es santurcino de origen. Aunque una de sus dos madres ( su tía, Sharon Riley) fue una reputada actriz en la década de los noventa del siglo anterior y comienzos del XXI, la más conocida de la saga fue su abuela materna, Sylvia Rexach, uno de esos mitos musicales que las autoridades musicales puertorriqueñas se han encargado de actualizar para que las nuevas generaciones mantengan memoria de que hubo un tiempo en que la vida artística se abría paso de otras formas. Sylvia fue poeta, compositora, cantante, bohemia y activista feminista porque visibilizó a la mujer artista en un tiempo predominantemente masculino que no la amilanó.

Debo puntualizar que Jaime es solo tres años mayor que yo, contemporáneo pues, pero no por esa coincidencia temporal deja de ser uno de esos faros que me ayudaron a convertirme en el profesional al que aspiraba. Jaime fue uno de esos espejos que te hacen ver mejor cuando te miras, que esconden tus imperfecciones, que te devuelven un reflejo no de quién eres, sino de quién siempre has querido ser.

Coincidí con Jaime en la escuela superior y luego en la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico, esto último hace ya casi tres décadas. Él cursaba su último año de derecho cuando yo ingresé. Inclinados ambos al baloncesto como deporte, lo admiraba porque era un fajón en la cancha, que no lo pensaba dos veces antes de tirarse al piso tras la bola, ese tipo de jugador que suplía con actitud lo que quizá, como a tantos, nos negó el talento deportivo natural. Pelear por un balón para el Jaime que no era yo era como pelear con un problema, con una encrucijada, con un obstáculo. El Jaime que suscribe este texto aprendió, en parte, eso de él. Eso también.

Pero sobremanera lo que más me cautivó de su figura académica, además de sus dotes de actuación, con seguridad algunos heredados por la línea materna, era su elocuencia, su facilidad para hilvanar un discurso y defenderlo desde una argumentación convicta de sí misma, con el fuste suficiente para desarmar al rival con la sublimación de la palabra. No en vano la elocuencia necesita de ese componente actoral para resultar más certera. Todavía recuerdo que tuve que debatir con él en uno de esos combates dialécticos que organizaba la Escuela de Derecho, cómo olvidé mi discurso y hasta casi el habla cuando me tocó competir con él, que a la postre resultó vencedor del certamen de aquel año.

Mi inexperiencia se sumó a su sabiduría, a su don congénito para la oratoria y colapsé. Pero no me rendí. En mi interior había quedado atascada la espina de aquel fracaso, pero no por haber sido derrotado por un maestro, sino porque pretendía vencerme a mí mismo.

Al casi terminar mi grado de derecho, de regreso a Puerto Rico tras mi periplo académico español, contacté a Jaime, al orador solvente; le solicité mentoría y un pedazo de su espejo para que reflejara mi mejor yo y que me preparara para el debate anual que finalmente conseguí ganar en mi último año universitario, pero que al día de hoy reconozco que resultaron más decisorios sus méritos como preparador que los míos como competidor. No quiero dejar de mencionar que él, por razones de edad, apenas me recordaba, pero eso no supuso impedimento para que me apoyara en mi causa personal que en modo alguno era revanchista, sino que perseguía extraer al mejor de mis yoes con la palabra.

Jaime acabó especializando en Derecho deportivo y en la actualidad ejerce, nada menos, como el máximo responsable de los asuntos legales de la FIBA, siglas inglesas de la Federación Internacional de Baloncesto, con sede en Suiza. Jaime es un paradigma en el Derecho, en el deporte en general, y en el baloncesto en particular. Fiel a su carácter sigue yendo al piso para defender cada bola de su jurisdicción profesional, pero además de su disposición lo acompaña un conocimiento que sigue exponiendo con la misma excelencia discursiva de sus tiempos universitarios, porque hay talentos que el tiempo agiganta.

Le debo lo que ni siquiera él imagina, por eso quiero ponerlo de manifiesto por escrito, porque honrar a los modelos es uno de los procesos que más dinamizan la paz interior y más restauran el sentimiento de deuda.

Si yo soy así, te lo debo, en parte, a ti, Jaime Albizu Lamboy Riley.

Las columnas deben enviarse a mad@corp.microjuris.com y deben ser de 600-800 palabras. 

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