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Howard Pravda Epstein: de raíces rusas y polacas a prominente abogado laboral en Puerto Rico

Hijo de un ruso y de una neoyorquina de raíces polacas. El abogado encontró en Puerto Rico su país y su profesión, hasta convertirse en una figura prominente del derecho laboral desde Goldman Antonetti & Córdova.
Resumen de puntos principales
  • Orígenes familiares: padres rusos y polacos, emigración desde Curaçao a Puerto Rico en 1963; infancia en Floral Park.
  • Formación académica: bachillerato en Administración en UPR Río Piedras y juris doctor; destacó en derecho penal y obtuvo alta calificación en reválida.
  • Carrera profesional: especialista en derecho laboral; trabajó en Lespier y Goldman Antonetti; participó en jurisprudencia clave como Ibáñez v. Molinos aplicando estándar McDonnell Douglas.
  • Rasgos personales: crianza matriarcal, adaptación bilingüe, perseverancia y disfrute del trabajo; planea retirarse próximamente para viajar y descansar.

Por Valeria Alicea Guzmán

Deseaba entrevistarlo desde hacía tiempo. Su nombre, Howard Pravda Epstein, no pasa por desapercibido. Es un nombre que obliga a detenerse y a preguntarse: ¿Cuál será su historia?

La conversación duró una hora y cuarenta y ocho minutos. Entre risas, preguntas y asombro, comenzó el relato desde la historia de su padre. Su papá, Marco Pravda, era ruso. En 1935, cuando Marco apenas tenía 13 años, se fue a vivir con su hermana a Curazao. Howard cuenta que fue la única tía paterna que conoció.

— ¿Cómo tú llegabas en 1935 de Rusia a Curazao? Yo, no sé. Pero obviamente, en barco.

En Curazao empezó a trabajar en un barco que repartía guineos por el Caribe. Era marino mercante. Allí aprendió español y papiamento. Ya hablaba ruso y hebreo. Del otro lado de la historia está su madre, Doris Epstein, quien era hija de un rabino ruso y de madre polaca. Howard la apoda “la gringa”. Era una estilista nacida y criada en Brooklyn, en un hogar donde se hablaba Yiddish, un dialecto judío. 

— Cuando estábamos aquí, yo me acuerdo que mami no quería que supiéramos lo que hablaba con el viejo mío y empezaba a hablar Yiddish. Uno aprende al oírlo tanto. Después cuando nosotros aprendimos español le hicimos lo mismo. Mi mamá nunca aprendió español. Y vivió aquí, en Puerto Rico, desde 1963 hasta 2006. 

La relación entre sus padres surgió cuando Doris trabajaba en un salón de belleza. Una clienta le habló de un primo que venía desde Curazao y le propuso conocerlo. Ella dijo que sí. Lo conoció y, poco después, se casó con él. Para entonces, su padre ya se había establecido en Curazao, donde tenía un negocio de construcción que, según le contaba su madre, marchaba bien. Poco después, quedó embarazada. La familia materna insistió en que el nuevo integrante debía nacer en Estados Unidos y terminó convenciéndola de no regresar a Curazao. Vendieron lo que tenían y se trasladaron a Nueva York. Vivieron en Nueva York durante aproximadamente diez años.

— “Al viejo mío nunca le gustó. No hablaba mucho inglés y no le gustaba el frío. Tenía una pequeña ferretería cerca de la Calle 48. El viejo mío conocía a alguien que había conocido a mi abuelo en Rusia, que da la casualidad que en los 50 llegó a Puerto Rico. No sé cómo, pero el viejo mío se puso en contacto con él. Era un comerciante que vendía diamantes. Le dijo al viejo mío, en 1963, que se fuera para Puerto Rico. El viejo mío se levantó y nos vinimos todos para acá. Yo tenía 6 años”. 

Con maletas llenas de incertidumbre y esperanza, en junio de 1963 llegaron a Puerto Rico. Durante una semana, durmieron todos en un cuarto de un apartamento en un condominio en Miramar. Cinco personas en un cuarto. En otro cuarto, vivía con su hijo una mujer cubana. Ella se llamaba Fortuna y su hijo, Alex. Ella hablaba inglés. 

— Le dice al viejo mío que un cliente de ella estaba alquilando una casa en un sitio que se llama Floral Park. El viejo mío fue a ver la casa. Nos mudamos a la Calle Duarte, esquina Llorens Torres en Floral Park. Duarte 106. 

¿Qué fue lo que te llamó la atención cuando llegaste a Puerto Rico?

— Cuando pasábamos por la Ponce de León. En Hato Rey lo que había eran hatos. Y yo nunca había visto vacas y eso me llamó la atención. Otra cosa que nunca se me olvida es que un domingo estábamos paseando. Pasamos frente a la «IUPI» (UPR) y la gringa le dice al viejo mío: ¿Quién vive en esa mansión? 

¿Cómo fueron esos años en la niñez? 

— Yo empecé estudiando en La Ciudad Nueva. Una escuela pública en Floral Park. Yo no me acuerdo bien pero tiene que ser que tuvimos problemas. Éramos tres gringos en una escuela. Como a los tres o cuatro meses, la vieja mía fue a la otra escuela. A Espíritu Santo. Pero le dijeron que era solo para niños católicos. Resultó que el rabino a cargo de la sinagoga en Miramar había estudiado en la universidad con el párroco de Espíritu Santo. Eran panas. Pues el rabino le envió una nota para que hiciera el favor y nos aceptaran en la escuela. Tres judíos en una escuela católica. 

Para Howard la suerte ha sido clave en su vida. Desde temprana edad, entiende que la suerte se manifestó cuando cursaba primer grado. Había un compañero que se llamaba Enrique Diaz. Había nacido en Estados Unidos porque su papá era militar. Era bilingüe, lo sentaban a su lado, y fue quien le enseñó a hablar español. 

Adaptarse a la cultura puertorriqueña no fue un problema. 

— A la gringa le encantaba el lechón. En Navidad al lado de nosotros vivía una familia de apellido Peluso y hacían una fiesta de Navidad. Siempre nos invitaban. Había lechones por todos lados.

En la casa de los judíos, quien lidera es la madre. Es una crianza matriarcal. El padre se dedicaba a salir a trabajar todos los días, y la madre se encargaba de dirigir la dinámica familiar y la formación de los hijos.

— La gringa era diferente a las mamás que yo conocí de Puerto Rico. Y esto no era porque era gringa, yo creo que es porque era como era ella. Ella no era muy afectiva, pero era efectiva. Por ejemplo, me acuerdo, yo estaba en cuarto grado. Había un nene que se burlaba de mí. Cuando le conté, ella dijo: ‘¿Él te debe dinero? No, verdad. Pues no te tiene que importar lo que él diga. 

¿Cómo describes tu experiencia cuando cursaste los estudios universitarios? 

— El que empezó en la IUPI fue mi hermano. Después entró mi hermana. Todo el mundo iba a la IUPI porque era barata, y quedaba allí a tres o cuatro cuadras de Floral Park. Entré a la IUPI sin ningún problema porque yo tenía buenas notas. Yo tenía problemas en la escuela por la conducta, pero no por las notas. Yo no le faltaba el respeto a los maestros ni nada. Era que siempre estaba hablando y buscaba llamar la atención. Me acuerdo una vez que saqué cien en conducta en primer grado porque no sabía hablar español. Cuando regresé en segundo grado, que ya había aprendido, iba por sesenta.

De las mejores cosas que le ha pasado en la vida ha sido estudiar en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Cursó un bachillerato en Gerencia de Producción en la facultad de Administración de Empresas en 1974.

¿Y por qué decidiste estudiar Derecho? 

— Porque la gringa cuando nos presentaba a los hijos, a los vecinos, o a la gente que llegaba a casa, le ponía la mano en la cabeza a mi hermano y decía: ‘Este es mi doctor’. Le ponía la mano en la cabeza al otro, que soy yo, y decía: ‘Este es mi abogado’. Yo iba a ser abogado y punto. Y así mismo fue. Mi hermano doctor y yo estudié derecho. 

¿Cómo fue la experiencia en la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico?

— Fue un shock. Yo le dije a la gringa: Voy a estudiar leyes, pero si no me gusta me voy a hacer otra cosa. Ella me dice: “Está bien, haz lo que quieras, pero dale un break. Dale un año”. El primer semestre fue un shock. Y saqué B y C porque yo no estaba acostumbrado a nada de lo que estaba haciendo. Había que estudiar más que en bachillerato. Cuando pasé el segundo semestre ya me había adaptado un poco mejor. 

De aquellos momentos en los pasillos de la Escuela de Derecho, Howard conserva muchas memorias. Unas que hoy recuerda con humor, pero que marcaron su paso por esos primeros meses.

— Recuerdo que el profesor que me dio Introducción al Derecho. Me dice: ‘Yo creo que usted debe cambiar de facultad’. Y, yo le dije: ¿Sí, por qué? Me dice: “Usted no va a poder aprobar esto y va a tener problemas”. Me lo dijo porque me vio en el pasillo relajando. Eso fue a mitad del primer semestre. Entonces, yo le dije: “Profesor, deme un break para colgarme. No he cogido ni un examen”.

En la Escuela de Derecho, se inclinó por el derecho penal. Tomó la Clínica de Derecho Penal, completó todos los cursos en esa área y pensaba trabajar en Asistencia Legal, convencido de que ese sería su camino. Cuando culminó el recorrido por la Escuela de Derecho, no tenía intención de asistir a su graduación. Su padre había fallecido en abril de 1981, apenas dos meses antes. Fue su madre quien insistió en que fuera. Nunca lo había visto graduarse.

Terminó asistiendo al gran día de la graduación. Sin mucha formalidad. En mahones y tenis. No esperaba nada. Sin embargo, durante la ceremonia, escuchó su nombre. Lo llamaban para recibir un reconocimiento: el promedio más alto en derecho penal.

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Cuando saliste, ¿cómo fue el proceso para conseguir trabajo? 

— Ah, te voy a decir. En los veranos, muchos de los que estudiaban leyes conmigo se repartían aquí en Hato Rey. Mientras ellos trabajaban en los bufetes, yo iba a la playa de Isla Verde. Recuerdo un día que iba en guagua pública. No tenía carro. La guagua me deja aquí en Hato Rey porque ahí en la esquina de la Ponce de León había un sitio de hamburgers famosos, Sneaky Pete’s. Yo dije: Ay, me voy a parar ahí a comerme un hamburger antes de llegar a casa. Y me paré. Estaba con el traje de baño, las tenis, la camisa, y la toalla colgando. Era verano. Dos o tres que estaban estudiando leyes conmigo estaban almorzando allí porque bajaban de estos pisos. Nos sentamos juntos. Entonces, ellos me dijeron: “Mira, Howie. Es importante trabajar en un bufete para que te empiecen a conocer. Sí, porque si no lo haces no vas a conseguir trabajo. Y, yo le dije: “Mira, si tengo que trabajar mientras estudio en lo que me voy a dedicar el resto de mi vida, pues entonces no creo que voy a trabajar en esto. Sigan ustedes trabajando que yo sigo en la playa, que me va muy bien”. 

— Y así fue. En mis veranos en la Escuela de Derecho nunca trabajé en ningún bufete. 

Para Howard la reválida fue su “salvación”. El examen marcó un antes y un después. Obtuvo la nota más alta y, con ella, el acceso a los grandes edificios de la Milla de Oro a los que no había entrado antes. En aquella época, los bufetes buscaban a quienes quedaban entre las primeras diez puntuaciones. Recibió muchas llamadas. Lo entrevistaron en muchas oficinas de Hato Rey. Lo invitaban a almorzar. 

— Un día me llama un amigo mío. Se llamaba Carlos del Valle. Me dice que en el bufete donde él trabajaba querían hablar conmigo. Me dice: «Estamos en la torre del Popular Center.» «¿Qué hacen ahí?» Me dice: «derecho laboral». Y como yo no decía que no a nadie, fui. 

Comenzó su práctica en el bufete Lespier, Muñoz, Noya & Ramírez. Allí encontró el área en la que terminaría desarrollando su carrera. El derecho laboral le gustó porque es variado y no se limita al litigio en un tribunal. Acapara lo federal, el arbitraje, casos de discrimen, las huelgas.

Uno de los momentos que recuerda fue cuando comenzaba en el bufete. Se trataba de un arbitraje por despido. No fue su mejor desempeño. Con el tiempo supo que el licenciado Norman Pietri, presente ese día, había comentado al socio fundador del bufete: “Ustedes perdieron este caso hoy, pero ese muchacho va a ser buen abogado”.

Otro de los momentos más importantes de su carrera lo recuerda con mucha precisión. Un día, alguien dejó una sentencia sobre su escritorio. Era el caso Ibáñez v. Molinos de Puerto Rico, Inc., 114 DPR 42 (1983), una de las primeras decisiones del Tribunal Supremo de Puerto Rico interpretando la Ley 100. Su teoría se basó en que se debía analizar la ley de la misma forma que se hacía en el foro federal bajo el caso McDonnell Douglas Corp. v. Green, 411 US 792 (1973). Aún conserva una carta del cliente, fechada en 1983, en la que lo felicitaba por haber logrado la revocación de una sentencia.

A finales de la década de 1980, en medio de cambios dentro del bufete, decidió que era momento de irse. En 1989, tras casi ocho años, cerró esa etapa. 

El cambio lo llevó a la firma Goldman, Antonetti & Córdova. La transición no fue compleja: Llamó al licenciado Vicente Antonetti, le expresó su interés en moverse y, tras una reunión, recibió una oferta. En 1989 se integró al bufete. Desde entonces, ha permanecido allí.

¿Qué características crees que te distinguen?

— No sé, Valeria. Quizás es que no tenía miedo.

Le pregunté qué significaba haber llegado al tope de la firma, convertirse en capital member. Se rió.  Para Howard el título no es lo importante. Lo importante es alimentar a la familia. Que te permita vivir en tranquilidad. 

— Yo he disfrutado desde el día uno. Yo lo disfruto. A veces demasiado. Nadie dijo que uno no puede trabajar y pasarla bien mientras lo hace. 

Probablemente se retire a finales de este año. Sus planes son simples: comer sushi, ver CNN, viajar a Nueva York.

¿Sientes que no cambiarías nada del camino? 

— Ojalá la gringa hubiese puesto la mano en mi cabeza y hubiese dicho: ‘Este es el doctor’. Hubiese estado retirado hace años como mi hermano, y no estaría aquí disfrutando esta conversación contigo. Así que estás a tiempo de solicitar a la Escuela de Medicina. 

Nos reímos.