NOTICIAS

COLUMNA – En el ámbito sexual, el no es no

El licenciado Jaime Sanabria Montañez (ECIJA-SBGB) habla sobre el caso de agresión sexual en contra de Deshaun Watson, mariscal de campo de los Browns de Cleveland, uno de los equipos de la NFL.

Por el licenciado Jaime Sanabria Montañez (ECIJA-SBGB)

Cuando un individuo mide casi seis pies y dos pulgadas de estatura, está conformado por 215 libras de músculos y gana sobre $45 millones anuales (excluyendo lo que recibe por publicidad y derechos de imagen), puede llegar a creerse uno de los dueños del mundo y hacer uso, a su antojo, de esa pretendida supremacía anatómica y económica.

Afortunadamente, para la humanidad, estos hombres, con entrañas de licántropo, son una minoría y la mayoría de los millonarios, tengan o no cuerpos de atlantes, no va mordiendo a quien no satisface sus deseos carnales.

Una de esas excepciones varoniles nefastas, uno de esos tipos que se siente intocable en la cúspide de cualquier pirámide, se llama Deshaun Watson, mariscal de campo de los Browns de Cleveland, uno de los equipos de la NFL. Watson, georgiano de origen, debutó profesionalmente en los Texans de Houston y, tras cinco años de permanencia y de encumbramiento en esa franquicia, desembocó, en este 2022, en el equipo de Ohio para dar continuidad a esas capacidades para el football que lo han convertido en el jugador mejor remunerado de la liga.

De adentro hacia afuera, Deshaun, de piel oscura, se había proyectado como adalid de los derechos de las personas de su mismo color de epidermis hasta el punto de personarse, junto con su familia, a una protesta en contra de la brutalidad policiaca, tras la muerte de George Floyd. En apariencia, el quarterback se proyectaba como un triunfador solidario con las causas en contra del discrimen por raza y color, pero escondía una personalidad turbia, una conducta privada que contradecía su faceta pública reivindicativa.

En esta línea, la fama de Watson se comenzó a truncar cuando, en marzo de 2021, una primera masajista presentó una demanda en contra suya por agresión y acoso sexual. Tras esa primera, llegarían veintitrés demandas más. Todas por el mismo alegado comportamiento lascivo. Además, en dos de las denuncias, se hizo mención a que Watson presionó a las mujeres para que le practicaran sexo oral durante los masajes, y en una también se le acusó de haber agarrado las nalgas y la vagina de la mujer. Las demandas civiles alegaron que Watson se vio envuelto en un patrón de comportamiento lascivo con mujeres contratadas para prestar servicios personales propios a su condición de deportista, obligándolas a tocarlo de manera sexual, exponiéndose a las masajistas de manera que las impelía a tocar su pene. Los alegados incidentes que ocasionaron las demandas ocurrieron, entre marzo de 2020 y marzo de 2021, cuando la estrella de la NFL jugaba con los Texans de Houston.

No pretendo juzgar a Watson, suficientes estratos y mecanismos tiene la Justicia para ello, pero sí recoger unos hechos que delatan acoso y agresiones sexuales sobre el personal contratado por el mariscal de campo (quarae si son empleados) que, según los hechos, se sirve de su superioridad, tanto física como contractual, para intimidar a las múltiples personas contratadas como masajistas.

Porque múltiples resultaron ser. Una investigación del New York Times reveló que el actual mariscal de campo de los Browns reservó citas, con hasta 66 mujeres diferentes, entre el otoño de 2019 y la primavera de 2021, cifra que permite elucubrar que esa promiscuidad, en los masajes, pudiese obedecer a algo más que a sus necesidades de recuperación muscular, en particular, por el hecho de que las mujeres fueran… distintas. Como norma general, los deportistas de primer nivel recurren a los mismos masajistas, ya sean hombres o mujeres, por aquello del conocimiento del cuerpo, de los hábitos y de la confianza de la parte contratante.

Una de las demandantes fue la primera en ir más lejos e hizo extensiva su demanda hacia los Texans alegando que el equipo se “hizo de la vista larga” ante los despropósitos sexuales de Deshaun en sus sesiones de masajes. No fue la única. Hasta treinta mujeres demandaron al equipo y, con las treinta, se alcanzó un acuerdo con la franquicia texana cuyo monto no ha sido desvelado.

Tanto la estrella como sus abogados han negado los hechos y declarado que las tres, las únicas tres relaciones sexuales que reconocen, fueron consentidas.  Refuerza la idea de la desviación del deportista que, además de en Texas, ocurrieron incidentes similares en Georgia, en Arizona y en California, en algunas de las visitas del jugador. Hasta el momento, el hombre mejor pagado de la NFL ha llegado a un acuerdo con 23 de las 24 demandantes, pese a las declaraciones públicas de su respeto hacia las mujeres y de que, en ningún caso, su conducta presentó una actitud procaz contra ninguna de las múltiples masajistas contratadas.

La estrella se enfrenta a cargos criminales, pero la práctica totalidad de esos mencionados acuerdos económicos a los que han llegado las partes para dejar sin efecto las demandas, hacen presagiar en que el caso podría quedar solo en una salpicadura procesal hacia Watson, que su talento deportivo acabará preponderando entre los aficionados y, si no se producen más escándalos, todo quedará en mera turbiedad conductual sedimentada. A la postre, podría prevalecer el ídolo deportivo sobre el comportamiento del protagonista; los touchdowns, las yardas recorridas, los pases consumados, acabarán por subsumir la presunta depravación de la actual estrella de los Browns.

Dejando de lado lo legal y retomando lo humano, conviene recordar que cualquier profesión es digna en sí misma. Puede suceder que demasiados todavía entiendan que los servicios que ofrecen las y los masajistas profesionales pueden trascender lo meramente rehabilitador por el carácter táctil de la prestación y la escasez de ropa del sujeto que recibe el masaje, pero la profesionalidad de quienes meten los dedos en los músculos para devolverles su elasticidad merece el mismo reconocimiento que el de un físico nuclear, o el de un escritor, o el de un abogado, o el de un congresista. No hay una sola profesión lícita superior a otra en lo que concierne a esa aludida dignidad.

En consecuencia, no debe haber ni un solo atenuante para quienes, valiéndose de su poder físico o económico, intentan ir más allá de lo estrictamente profesional mediante la intimidación, el abuso o sencillamente la posibilidad de recontratar a aquellas masajistas que se presten, bajo coacción, explícita o implícita, a extender su acción al territorio de lo sexual. Solo el consentimiento, expreso, sin ardides, sin estrategias cimentadas en la superioridad física, económica, social o de cualquier otra índole, podría ser el único justificante para que el masaje deportivo derive en un acto sexual; lo contrario, puede calificarse como extorsión, agresión o, incluso, violación.

Lo positivo del caso de Deshaun Watson ha sido la profusión de demandas de las víctimas por una conducta que el atleta creía inmune por su condición de estrella del deporte, de su “no se atreverán, soy Deshaum Watson, el mejor mariscal de campo de la NFL”. Pero se atrevieron, traspasaron esa membrana del pudor y del miedo hacia el divo y han conseguido que, por el momento, esa NFL haya suspendido a Watson por 11 partidos, y que Nike y Rolex hayan suspendido sus patrocinios individuales.

En estos días, aún sigue habiendo una pugna entre la NFL, la defensa del deportista y la de esa demandante con la que todavía no se ha llegado a un acuerdo. Asimismo, aún sigue habiendo un grupo de personas y entidades que están abogando y presionando por una suspensión al deportista que conlleve un número mayor de partidos, y quien sabe si de temporadas. Mientras tanto, por encima de las aludidas pugnas y los rescoldos legales, se está reiterando diáfanamente el mensaje de que, en el ámbito sexual, solo sí es sí, y solo no es no, y nadie debe, ni puede, abusar de su pretendida naturaleza todopoderosa para imponer su voluntad hacia quien cree su subordinado, por muy atractivo y fuerte que se crea, se sepa y sea.

Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad exclusiva de los autores y no reflejan necesariamente las de Microjuris.com. Las columnas pueden enviarse a mad@corp.microjuris.com y deben tener de 400 a 600 palabras.