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El chip nuestro de cada día

La información es poder.

Por el licenciado Jaime Sanabria (ECIJA SBGB)

Una de las apetencias del ejercicio del poder, en sus distintos grados, quizá la más manifiesta, la constituye el control, tanto de medios, de recursos, pero sobremanera de personas. Y para optimizar ese control se requiere de información porque, como reza el aforismo, la información es poder.

Esta máxima cobra, en este momento de la historia, un acendrado protagonismo porque la penetración infatigable, exponencial, de la tecnología en nuestra existencia facilita a los potenciales controladores – tanto del ámbito público como del privado – unas herramientas tan sofisticadas como invasivas, tan silenciosas como acorazadas. Por ejemplo, es constatable el grado de control que la tecnología ejerce sobre nuestra cotidianidad solo por el mero hecho de contar con un celular, porque él representa, esconde o personifica, el chip que no necesitan inocularnos para saber más de nosotros mismos que nosotros mismos.

A finales de 2020, en Puerto Rico, existían casi 3,500,000 de líneas inalámbricas de telefonía, lo que implica que la media de líneas por persona es superior a una, con la distorsión de la población en edad lo suficientemente infantil para disponer de una. Y una cifra similar compendiaba las conexiones a Internet. Esa explosión de conectividad en nuestra isla en particular y en el planeta en general, ofrece un escenario proclive al control masivo, pero a la vez personalizado, de las grandes corporaciones tecnológicas: Google, Facebook, Apple, Twitter y algunas más, a sus usuarios. El buscador por antonomasia, Google, sabe más de nuestros hábitos, pautas horarias, interrelaciones, esquemas de comportamiento o gustos personales que nosotros mismos porque lo aglutina y parametriza en conjunto dejando de lado la subjetividad de la percepción.

Estamos sujetos a la tiranía de ese ente abstracto del Gran Hermano que ha surgido, sin premeditación o con ella, de la expansión del progreso. Cada uno de nosotros y nosotras, desde el instante en que nos conectamos a la Red, nos convertimos en una premisa más de ese algoritmo gigantesco que controla, por qué no referirlo así, las mareas de la especie humana.

Esta radiación de fondo tecnológica preside ya nuestras existencias y compromete la privacidad de cualquiera de los ecosistemas en los que nos desenvolvemos a diario. Si nos circunscribimos al laboral, nos encontramos con un escenario donde los diversos mecanismos observan los movimientos de sus trabajadores, bien en aras de la supremacía que proporciona el mero control, bien para mejorar la productividad del empleado, bien para optimizar recursos, mejorar servicios y reducir costes.

Sometidos por la tecnología, por ese gran ojo invisible, intangible, inasible pero activo, eficaz, insoslayable, demasiadas veces oculto, subliminal, sutil, es necesario que se dé paso, en Puerto Rico, a la redacción y adopción de una «Ley de Protección de Datos Personales» para que, entre otras cosas, se reconozca y proteja el derecho de todas las personas a conocer, actualizar y rectificar las informaciones que se haya recopilado sobre ellas. Asimismo, para que se proteja el manejo de la aludida información recopilada y se le dé un uso correcto desde cualquier perspectiva: laboral, comercial, política, pública o privada, criminal, o incluso, moral. La adopción de esta ley se hace más necesaria en la medida en que la ciencia y la tecnología mancomunadas siguen sofisticando los sistemas de control.

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Y en lo que esa utopía normativa derroca (o intenta derrocar) al control, algo poco probable si nos atenemos a la evolución del mismo y al propio significado del término «utopía», resta la potencial ley para salvaguardar aún más la privacidad de los ciudadanos, la constancia reivindicativa para mejorarla y seguir confiando en la capacidad de la Justicia para que el fuerte no prepondere en exceso sobre el débil.

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