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Un ejército de robots en un desierto legal

"Sí debemos, manteniendo objetivos terrenales, comenzar a planificar en materia normativa las consecuencias que la proliferación de los robots en los centros de trabajo".

Por el licenciado Jaime Sanabria (ECIJA SBGB)

Pocos en la década de los noventa, por situarnos en un contexto histórico no demasiado lejos del presente y rememorable con nitidez por quienes ya gozamos de una hemeroteca de recuerdos sólida, podían presagiar la magnitud de la transformación de las estructuras sociales, culturales y económicas, entre otras, que la tecnología ha provocado en los humanos.

Uno de los entornos que más se ha visto impactado ha sido el laboral.

Un sinnúmero de profesiones, siquiera impredecibles en los noventas, ha proliferado para subvertir los oficios tradicionales y, en el presente, incluso, algunas de las nuevas profesiones surgidas producto de la tecnología, ya han desaparecido para dejar paso a otras, mientras que existirán otras que todavía hoy no podemos anticipar siquiera y que permanecen agazapadas para suplir y erradicar a algunas de las actuales.

Puerto Rico no ha estado ajeno a esa convulsión laboral, máxime por la estrecha convergencia territorial con la primera potencia tecnológica del mundo —en disputa con China— como son los Estados Unidos.

Y debe ser misión, de quienes estamos comprometidos con la Justicia, tratar de anticipar el futuro con vistas a prever las posibles disonancias entre la realidad y lo óptimo. Y en esa doble línea que implica salvaguardar la Justicia y armar el necesario vasallaje tecnológico, se dibuja no ya la aparición de los robots, sino su consolidación como principal fuerza de choque laboral que amenaza con devastar cualquier rastro de organización empresarial pasada, incluso presente.

El despliegue de la robótica ha sido parejo al de la inteligencia artificial y ha originado un catálogo de robots subdivisibles en categorías, todas y cada una supeditadas a los intereses de sus creadores y programadores: los humanos. De ese modo existen, entre otros, robots industriales, médicos, domésticos, domóticos, militares, aéreos, aeroespaciales, zoomórficos, rodantes, incluso humanoides o androides, respecto a los cuales cada generación de estos últimos se aproximan más a los humanos, no solo en apariencia, sino también en consciencia.

Año tras año se incorporan al elenco nuevas extensiones de los robots para realizar tareas que, hasta ese momento, correspondían exclusivamente a los humanos o simplemente no se ejecutaban por resultar peligrosas o imposibles.

Una de las grandes preguntas contemporáneas de la ciencia, de la filosofía, incluso de la religión, es la de si los robots llegarán un día a tener conciencia y serán capaces de tomar decisiones en función de su concepto del bien y el mal, de lo adecuado y lo inoportuno, pero sobremanera, si serán capaces de evolucionar como especie al margen de la programación humana y se escindirán en una propia que coexista con los sapiens.

Aunque resulta tentador caer en el juego de predecir el futuro, no pretendemos especular de más sobre una futurible revolución de los robots y la toma del control del planeta, pero sí debemos, manteniendo objetivos terrenales, comenzar a planificar en materia normativa las consecuencias que la proliferación de los robots en los centros de trabajo y las implicaciones que ello conlleva en el único ejército laboral con consciencia y conciencia, el de los seres humanos. No existe en Puerto Rico normativa específica en el apartado de coexistencia humano-robótica en los entornos laborales y se requeriría, cuando menos, iniciar un diálogo entre las partes para pergeñar un embrión que pudiese gestar las primeras medidas de esa necesaria entente.

Algunos aparatos jurídicos europeos, más avanzados que el nuestro en asuntos de legislación laboral, ya han puesto sobre la mesa negociadora la posibilidad de otorgar algún tipo de personalidad a los robots: jurídica, electrónica, incluso identitaria o territorial. La medida se baraja tanto para anticipar la potencial evolución cognitiva de las máquinas como para preservar los derechos de quienes conviven con ellas.

Esa propuesta de apertura tendría por objeto prever la evolución de unos y mantener los términos y condiciones laborales de los otros, los humanos. Incluso, para prevenir cualquier tentación de masividad robótica en las plantillas, se ha sugerido la posibilidad de que los sujetos robóticos coticen a los respectivos sistemas de protección social de las naciones para mitigar esos potenciales instintos sustitutivos de los humanos por las máquinas.

Hubo un tiempo en que las empresas no tenían personalidad jurídica y, en la actualidad, gozan de titularidad de posesiones; lo mismo ocurría con los animales, incluso durante milenios, los humanos no tuvieron tampoco personalidad jurídica alguna y, por ende, tampoco derechos, pero el progreso ha ido dotando a entes y seres animados, respectivamente, de esa relevancia documental que ahora se propugna, bien es cierto que todavía débilmente, para los robots.

Mientras llega esa asimilación, debemos preocuparnos por conservar la salubridad emocional y jerárquica de los humanos que conviven laboralmente con las máquinas. La interacción es compleja y presenta múltiples matices que quedan ahora, cuando se producen los primeros conflictos, sujetos a un exceso de interpretación de los jueces por la laxitud normativa en esta materia.

Con miras a mejorar la eficiencia y productividad, nos hemos dejado invadir por una infantería de robots creados por nosotros mismos, pero parece plausible que, en un plazo no demasiado alejado del hoy, algunos de estos ingenios dejen de ser soldados de fila para ingresar en el mando y disponer de humanos a su cargo. El futuro sigue insistiendo en asombrarnos, pero haríamos bien en comenzar a regular ese duunvirato humanos-robots al que, paradójicamente, parece abocarnos.

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