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Lo que la práctica enseña

Aliana Rivera, participante del internado de verano en MZLS LLC, reflexiona sobre cómo la práctica jurídica complementa la formación académica, fortalece el criterio profesional y evidencia el valor de la mentoría en el desarrollo de futuros abogados.
Resumen de puntos principales
  • La academia ofrece fundamentos analíticos; la práctica transforma conocimiento en criterio profesional aplicado.
  • La responsabilidad real modifica investigación, redacción y enfoque, pues el trabajo servirá directamente a clientes.
  • La práctica exige construir soluciones ante ausencia de precedentes, mirando al futuro y aplicando analogía y juicio.
  • El trabajo en bufete es colaborativo: retroalimentación, múltiples revisiones e intercambio enriquecen el resultado jurídico.
  • Tecnología e inteligencia artificial aumentan eficiencia pero complementan, no reemplazan, el juicio; la academia debe enseñar uso responsable.

Por Aliana Rivera, participante del internado de verano en el bufete MZLS

En el mundo del Derecho, con frecuencia se piensa que la formación de un abogado ocurre, principalmente, dentro de la academia. Y con razón, ya que es allí donde se desarrollan las destrezas analíticas que distinguen a la profesión y donde se construyen los fundamentos sobre los que descansará toda práctica futura. No obstante, esos cimientos representan el inicio de un proceso que continúa mucho más allá del salón de clases. La formación de un abogado se profundiza cada vez que el conocimiento adquirido deja el salón de clases para enfrentarse a la realidad. Es precisamente en ese encuentro donde la teoría comienza a transformarse en criterio profesional. La academia enseña a pensar; la práctica enseña a actuar.

Las simulaciones académicas cumplen un propósito importante porque preparan al estudiante para enfrentar problemas complejos. Sin embargo, ninguna simulación reproduce completamente la responsabilidad que implica saber que una investigación, un memorando o un análisis jurídico formará parte del trabajo que un abogado utilizará para asesorar a un cliente. Esa realidad transforma la manera en que se estudia, se investiga y se escribe. El Derecho deja de ser únicamente un ejercicio intelectual y adquiere una dimensión práctica que exige criterio, responsabilidad y un compromiso constante con la excelencia.

Fue precisamente durante mi internado de verano en MZLS que comencé a comprender esa diferencia con mayor claridad. Una de las primeras cosas que llamó mi atención fue descubrir que la academia y la práctica, en cierto sentido, miran en direcciones distintas. La academia estudia el pasado. Analizamos las controversias que ya ocurrieron, las leyes que ya fueron aprobadas y los precedentes que otros construyeron antes que nosotros. Y así debe ser, porque del pasado se aprende. La práctica, en cambio, obliga a mirar hacia el futuro. Cada cliente presenta circunstancias distintas y, en un entorno jurídico y tecnológico que cambia con rapidez, no siempre existe un precedente perfectamente aplicable ni una disposición legal que responda de manera explícita a cada interrogante.

Como estudiante, es fácil pensar que todo problema jurídico tiene una respuesta clara y que siempre existirá una ley o una decisión judicial que resolverá la controversia. La práctica demuestra que rara vez esa es la realidad. Hay situaciones en las que la respuesta no está escrita de forma evidente y el verdadero reto consiste en construir la mejor solución jurídica posible a partir de principios, analogías, investigación y buen juicio. En la academia aprendemos lo que otros hicieron; en la práctica comenzamos a descubrir lo que nosotros somos capaces de hacer con ese conocimiento.

Otro contraste importante es la forma en que se trabaja. En la academia, gran parte del aprendizaje ocurre de manera individual. En un bufete, por el contrario, cada proyecto es el resultado de la colaboración entre abogados con experiencias, fortalezas y perspectivas distintas. La retroalimentación constante, las preguntas, las múltiples revisiones de un documento y el intercambio de ideas no son señales de debilidad, sino parte del proceso necesario para alcanzar un mejor resultado jurídico. La excelencia rara vez es producto del esfuerzo aislado de una sola persona.

Igualmente, me ha resultado importante observar cómo la tecnología está transformando el ejercicio de la profesión. Herramientas de investigación jurídica e inteligencia artificial pueden aumentar significativamente la eficiencia del trabajo cuando se utilizan con criterio y responsabilidad. Sin embargo, esta experiencia confirmó que la tecnología no sustituye el juicio jurídico; lo complementa. La capacidad de analizar, cuestionar, ejercer criterio y tomar decisiones responsables continúa siendo una cualidad insustituible del abogado.

Precisamente por esa razón, considero que la formación jurídica tiene una oportunidad importante frente a sí. Es comprensible que la conversación académica se haya concentrado, en gran medida, en las implicaciones éticas del uso de estas herramientas. Esa discusión es indispensable y debe mantenerse. No obstante, también existe espacio para avanzar hacia una enseñanza más práctica sobre su utilización responsable. La próxima generación de abogados se desenvolverá en un entorno donde estas tecnologías formarán parte de la práctica cotidiana. Más que mantenerlas a distancia, la academia podría liderar su incorporación mediante cursos, talleres o la participación de profesionales que enseñen no solo los límites éticos de su uso, sino también cómo integrarlas de manera crítica, eficiente y responsable al ejercicio de la profesión.

La práctica me permitió observar que muchos abogados ya están dando ese paso. Lejos de reemplazar el análisis jurídico, estas herramientas les permiten dedicar más tiempo al razonamiento estratégico, a la atención del cliente y al ejercicio del criterio profesional. Considero que esa es una fortaleza que la nueva generación de abogados, formada en plena era tecnológica, está en una posición privilegiada para desarrollar. El reto no consiste en decidir entre la tecnología y el juicio jurídico, sino en aprender a utilizar la primera para potenciar el segundo.

Si existe una lección que resume esta experiencia, es el valor de la mentoría. El desarrollo profesional de un estudiante depende, en gran medida, de abogados dispuestos a compartir su conocimiento, confiar responsabilidades y dedicar tiempo a formar a quienes comienzan su carrera. Tuve el privilegio de vivir esa experiencia en MZLS. Desde el inicio del verano, me confiaron tareas que jamás imaginé asumir en esta etapa de mi formación. Esa confianza nunca estuvo desligada de la supervisión, la paciencia ni del compromiso genuino de enseñar. Cada asignación representó un reto que me obligó a salir de la comodidad de los ejercicios académicos y enfrentar situaciones reales que exigían criterio, precisión y responsabilidad.

Con el paso de las semanas, comprendí que un gran mentor no es únicamente quien transmite conocimiento. Es quien reta, corrige, exige y, al mismo tiempo, logra que descubras capacidades que no sabías que tenías. Los abogados con quienes tuve la oportunidad de trabajar marcaron una etapa determinante en mi preparación profesional. Me encaminaron, me retaron, confiaron en mí y me enseñaron mucho más de lo que esperaba aprender durante un solo verano. Esa confianza cambió la manera en que concibo mi propio desarrollo como futura abogada.

Al regresar a la academia, las clases, la jurisprudencia y los ejercicios prácticos adquieren un significado distinto. Ya no representan únicamente requisitos académicos, sino herramientas para responder, con rigor y responsabilidad, a problemas reales. La academia construye los cimientos de nuestra profesión; la práctica les da contexto, propósito y vida. Este verano reafirmó mi entusiasmo por el Derecho y confirmó una convicción que espero conservar durante toda mi carrera profesional: el aprendizaje de un abogado nunca termina. Cada conversación, cada investigación, cada proyecto y cada reto representan una oportunidad para seguir creciendo. Más que aprender cómo aplicar la ley, esta experiencia me permitió comenzar a comprender lo que verdaderamente significa ejercerla.

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