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De la cárcel a trabajar con el gobierno federal para ayudar a personas privadas de libertad

José Antonio Cardona, un consejero psicológico con dos doctorados, es la segunda persona con antecedentes penales contratada como empleado en la historia de las oficinas de probatoria de los 94 tribunales de distrito federal de todo Estados Unidos.

Por Daniel Rivera Vargas

José Antonio Cardona Rosario colocó a su hija de dos años en el auto y le puso el cinturón. La niña le pidió que se montara con ella, pero el hombre no podía porque él se iba lejos y por mucho tiempo. La pequeña se alejó en el auto y él se encerró en su cuarto a llorar.

“Me puse una toalla en la garganta y grité hasta que me salió sangre por la garganta”, recordó.

Al otro día, Cardona Rosario se montó en un avión camino a Carolina del Sur, donde comenzaría a cumplir una sentencia de 6 años y medio de cárcel y 5 años adicionales bajo libertad supervisada por cargos de trasiego de drogas.

Pero, como testimonio de que se puede superar el estigma y el peso de la cárcel, hoy Cardona Rosario, de 55 años y vecino de Trujillo Alto, es un consejero psicológico con dos doctorados, una maestría y desde hace un año, cumplido el pasado 21 de junio, trabaja en el gobierno federal, en la Oficina de Probatoria federal en Puerto Rico. Según Luis O. Encarnación, director de esta oficina, Cardona Rosario es solamente la segunda persona con antecedentes penales que es contratada como empleado en la historia de las oficinas de probatoria de los 94 tribunales de distrito federal de todo Estados Unidos.

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Cardona Rosario es técnico de servicios comunitarios de la Oficina de Probatoria y desde su trabajo, y con la información que le proveen oficiales probatorios, ha ayudado a 190 personas en los pasados 12 meses a conseguir empleos, ya sea en construcción, oficinas, empresas, y así tratar de evitar que caigan nuevamente en la delincuencia.

“Estamos para quitar barreras”, dijo Cardona Rosario sobre su trabajo.

La reincidencia es un problema muy real en el sistema federal de justicia. Un estudio de marzo de 2016 de la Comisión de Guías de Sentencia de Estados Unidos indica que cerca de la mitad de las personas que han estado presas fueron arrestadas poco después de ser liberadas de prisión. En concreto, el estudio analizó 25,431 expedientes de personas que fueron liberadas para el 2005. Tras evaluar los expedientes por 8 años, se determinó que el 49.3% fue nuevamente arrestado, el 31.7% nuevamente sentenciado y el 24.6% tuvo que regresar a prisión.

Recidivism Among Federal Offenders: A Comprehensive Overview | United States Sentencing Commission (ussc.gov)

“La experiencia (de la cárcel), obviamente devastadora. No consigo en el lenguaje poder describir el dolor, la separación de la gente que más amas. Y lo más fuerte es ver a la gente que amas sufrir por una mala decisión”, sostuvo.

Pero Cardona Rosario estaba decidido a superar el peso que enfrentaba por sus transgresiones y el castigo de la cárcel, y así se lo dijo al juez José A. Fuste cuando lo sentenció en 1997. “Yo no voy a ser vencido por el mal”, afirmó..

En prisión se dedicó a leer y a leer, principalmente “las Sagradas Escrituras”, y consiguió a un pequeño grupo de confinados que hacía lo mismo. Se trataba de seguir el camino que le enseñaron desde niño en su hogar, donde se le dio una crianza cristiana, dijo Cardona Rosario.

Tras salir de prisión, con el apoyo de figuras como el pastor de casi toda su vida, José Pagán, de la Iglesia de Dios Emmanuel, en Carolina, y personas como Carmen Cosme, Cardona Rosario comenzó a dar apoyo en programas comunitarios, y siguió estudiando,. Obtuvo sus doctorados de una Universidad de Teología, mientras seguía dando charlas y ayudando a exconfinados, incluso haciendo trabajo voluntario en “medias casas” o “half-way houses”, o el lugar que pueden usar las personas al salir de prisión para comenzar a reintegrarse a la sociedad.

Parte de lo que hace en esas charlas y trabajo comunitario, que aún realiza más allá de sus tareas en la oficina de probatoria federal, es tratar de ayudar a los confinados «para que no se queden los resentimientos” con el sistema de justicia. “Cuando aceptas tu realidad, se facilita el proceso de reintegración”, mencionó.

En ese camino, fue contactado por la persona que una vez conoció como oficial probatorio y que ahora dirigía la oficina, Encarnación, y le ofreció una plaza en la oficina, lo que para él representaba un reto. Poco antes había explicado que era muy distinto estar ahora en el edificio federal a estar con un mameluco anaranjado, el uniforme de un preso.

“Estaba viendo un trabajo en un lugar que significaba otra cosa para mí”, sostuvo el hombre.

A Cardona Rosario no le obsequiaron la plaza, sino que tuvo que pasar por un proceso de evaluación que incluyó una entrevista con las juezas federales Aida Delgado Colón y Silvia Carreño, vía zoom porque estaban en medio de la pandemia.

“La jueza Delgado me dijo ‘yo espero que usted sea el elegido, y espero verlo caminando por los pasillos de este edificio. De más está decirle como estaba el corazón”, sostuvo.

“Cuando uno reconoce la autoridad, es autoridad siempre, y ahora estaba viendo a esa misma autoridad que un día hizo justicia conmigo, que me viera como el ser humano que soy”, indicó Cardona Rosario.

A pesar del peso que pudieran tener los antecedentes penales, Cardona Rosario obtuvo la plaza. Y como al mes, se topó en el pasillo con la jueza Delgado, que hasta le mandó a quitarse la mascarilla para ver bien al hombre que poco antes había conocido en un zoom. “Estaba contenta de que fuera yo (el elegido a la plaza)”, recordó sonriendo.

La vida no se detiene. La niña por la que gritó hasta sangrar tras despedirse de ella en 1997, Camille, ahora tiene 27 años y estudio junto con Cardona Rosario una maestría en consejería psicológica en la Universidad Metropolitana. “Lanzamos el birrete juntos… decían que yo le espantaba a los novios”, sostuvo. El hombre tiene otra hija, Grecia, de 17.

Ahora, mientras coquetea con la idea de un grado en neuroteología, Cardona Rosario llega todos los días a las 6:00 a.m. a su oficina, prepara café para sus compañeros de trabajo y mira a la calle desde el ventanal del cuarto de “break” del interior del grisáceo edificio federal Federico Degetau, en la calle Chardón. Desde ahí, ora, por los que hoy tendrán que regresar allí como un día le tocó a él, y por sus familias que sufren.

“Vale la pena hacer las cosas como es debido”, reflexiona. “La esperanza es lo último que uno debe perder. Lo diría en la forma que suelo decirlo ‘la esperanza en el Señor no avergüenza’”.