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COLUMNA – Alby: el héroe que nunca debió serlo

“En todo lugar de trabajo puertorriqueño, rige la Ley de Seguridad y Salud, federal y estatal, para evitar situaciones que comprometan la integridad, incluso la vida, de los trabajadores, sea cual sea la actividad que realicen, más o menos riesgosa”, escribe el licenciado Jaime Sanabria sobre la muerte del guardia de seguridad en el Distrito T-Mobile.

Por el licenciado Jaime Sanabria Montañez (ECIJA-SBGB)

El mundo está repleto de héroes que no buscaron serlo. Y una de las heroicidades más admirable viene enmarcada por el desempeño consistente y eficiente de alguien que realiza su trabajo hasta culminarlo, independientemente de la peligrosidad que represente el mismo.

Durante el fin de semana pasado, la desgracia y la fatalidad se combinaron en el Distrito T-Mobile. Un guardia de seguridad – de nombre Alby O. – fue asesinado con un arma blanca por un sujeto que fue expulsado de la propiedad unos minutos antes, por los propios servicios de seguridad del área, tras resolver y disolver un altercado. Insatisfecho, frustrado su primer intento, el referido sujeto se encaminó a su vehículo, regresó al lugar y apuñaló a Alby, sin diálogo previo, pese a que el equipo de seguridad lo detuvo, ya con Alby herido de extrema gravedad, cuando trataba de escapar. Trasladado el guardia herido al hospital, los servicios de emergencia comprobaron la ausencia de signos vitales y certificaron su muerte.

La heroicidad no perseguida de Alby quedó trágicamente de manifiesto por causa de ese gen de la violencia que posee una parte ínfima de la población, pero que se muestra suficiente para devastar la convivencia pacífica a la que está abonada esa mayoría aplastante de la ciudadanía que es ajena a la violencia.

Alguien pudo decir, alguna vez, que un héroe es alguien a quien se tarda cinco minutos más en olvidar. No deja de ser el aforismo una certeza en este caso y en demasiados otros. A la postre, el asesinato de Alby generará el duelo acentuado de las muertes a destiempo por causas no naturales, aunque la organización decretara la suspensión de las actividades que tenía pautadas con motivo de la celebración del primer aniversario del Distrito. Pero mañana, quizá ya hoy cuando escribo, a Alby lo habrá sustituido otro vigilante que también se verá obligado a expulsar, de las instalaciones que protege, a cualquiera que muestre una conducta agresiva. La vida reponiéndose a sí misma, nada nuevo bajo el sol, como rezaba el Eclesiastés.

Pero el cruzarse de brazos, el esperar a la siguiente víctima, sin revisar los eventos ocurridos, no puede estar entre las opciones a contemplar. Si la tasa de accidentes aéreos se ha visto reducida más que significativamente en los últimos años, se debe a lo exhaustivo del análisis de las causas (atmosféricas, humanas, mecánicas…) que ha provocado cada siniestro, y de la subsiguiente implementación de nuevas medidas, mejora de protocolos y rediseño de materiales, entre otras cosas.

En todo lugar de trabajo puertorriqueño, rige la Ley de Seguridad y Salud, federal y estatal, para evitar situaciones que comprometan la integridad, incluso la vida, de los trabajadores, sea cual sea la actividad que realicen, más o menos riesgosa. En algunas ocasiones, su cumplimiento no supone siempre una prioridad para algunas empresas porque el exceso de precauciones puede ralentizar el trabajo y, en consecuencia, verse perjudicada la agilidad y, con ella, los beneficios para el negocio. Pero sacrificar la seguridad de los empleados, no debiese ser una de las opciones.

Las leyes son biunívocas, o recíprocas; entrañan, por igual, derechos y obligaciones, compromisos por las partes. En la de Seguridad y Salud, la empresa debe proveer a cada uno de sus empleados un espacio y unas normas libres de riesgos reconocidas que estén causando o que puedan causar muerte o daño físico a sus empleados. Debe, también, cumplir con las normas de seguridad y salud ocupacional adoptadas por la Ley.

Al empleado se le exige el cumplimiento del conjunto de normas de seguridad y salud ocupacional y, además, de todas las reglas, los reglamentos y las órdenes emitidas bajo la Ley, que sean aplicables a sus propios actos y conducta en el trabajo.

Ese es el trazo grueso de la Ley, en lo que a derechos y obligaciones compete, incluso su espíritu se desprende de los dos párrafos aludidos, pero como el diablo siempre reside en los detalles, se debe velar por aplicarla en todo su rigor, en toda su extensión. No basta con limitarse a cumplir sus normas generales, se necesita aprender de lo sucedido para tapar las grietas que toda ley presenta y por las que se puede entrometer el mal como en este caso.

Casos como el de Alby, pueden servir para exigir un perfeccionamiento de los protocolos de violencia ante situaciones extraordinarias. Conviene pecar por exceso. Salvar una vida requiere de extremar los “porsiacaso” para prevenir las conductas enfermas de esa minoría proclive a la violencia. Y es que no solo los guardias de seguridad están expuestos a la intemperancia humana; numerosas actividades requieren de una atención al público sin apenas protección ante lo imprevisto: cajeros y cajeras de supermercado y peajes, personas que brindan servicio al cliente, vendedores ambulantes, incluso el personal de mantenimiento permanece “a la intemperie” de sujetos desquiciados.

Es por esa imprevisibilidad de las conductas de algunos que se requiere exagerar las actuaciones precautorias y tratar de evitar daños mayores. Por ejemplo, aunque no conozco las urdimbres de lo que aconteció en ese pasado fin de semana nefasto, pues mi conocimiento se limita a lo reseñado en los medios, si Alby y sus colegas hubiesen tenido la instrucción patronal de avisar inmediatamente a la Policía estatal, o al 911, o a cualquier sistema privado de refuerzos, cuando se produjera un altercado que pudiese considerarse de gravedad, la sola presencia de estos cuerpos, quizá, pudiesen haber disuadido al agresor de regresar a la escena donde realizó su crimen. O, en esta tesitura, si tan pronto hubiese ocurrido el incidente, se hubiesen aislado a los involucrados, en particular, a las víctimas y sus defensores, en algún cuarto de seguridad, para evitar ser encontrados por el agresor incontrolable, o si se hubiese dado una instrucción al monitor de las cámaras de seguridad para que estuviese pendiente al agresor y notificara tan pronto abandonara las facilidades, quizá, hoy día, no estuviésemos llorando a nuestro héroe sin capa.

Estamos obligados, como sociedad evolucionada, a proteger a los más vulnerables, a los más visibles, a los que más posibilidades tienen de sufrir los actos de los prójimos violentos. Necesitamos hacer introspección y revisarnos al estilo de las aerolíneas y de los organismos de seguridad aérea, exhaustivamente, porque las vidas perdidas no son susceptibles de ser recuperadas.

Alby hizo lo que debía en el desempeño de su actividad, pero otros quizá hubiesen podido, preventivamente, complementar su buen desempeño y protegerlo mejor. QDEP, Alby O.

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