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Los tiempos siguen cambiando

Una reflexión sobre Bob Dylan, las criptomonedas, Arístoteles, los NFT y el derecho laboral.

Por el licenciado Jaime Sanabria (ECIJA-SBGB)

Ya en 1963, Bob Dylan decía, a través de una de sus canciones, que los tiempos estaban cambiando. Para ese entonces, el Internet era aún la antesala de un sueño, el celular una alucinación de los conspiranoicos y pisar la Luna era todavía, incluso, una quimera de la familia Kennedy. Bill Gates y Steve Jobs tenían ambos ocho años y todavía no habían tan siquiera alcanzado la pubertad en sus ambiciones de cambiar también los tiempos.

Casi 60 años más tarde, el viejo Dylan mantiene actualizada la letra, pero ya no conserva sus derechos sobre ella porque junto con el resto de sus composiciones la vendió a una empresa disquera por $300,000,000.00.

El humano tiende a creer, por reduccionismo biológico, por apenas vivir una media de 80 años, que la época en la que le ha tocado transitar sobre el planeta es la más trascendente de la historia de las civilizaciones, sus cambios los más profundos, o los más estructurales. Como paradigma de esta afirmación, recurro a una de las cientos de frases que se le atribuyen a Aristóteles, tres siglos largos antes del nacimiento de Cristo: «Los jóvenes de hoy no tienen control y están siempre de mal humor. Han perdido el respeto a los mayores, no saben lo que es la educación y carecen de toda moral». Todo un paradigma de esa falta de amplitud jurisprudencial en la mirada de quienes pernoctamos en la Tierra esos aludidos 80 años de vida.

Puede que suceda en la actualidad (solo puede, para no dogmatizar sobre «en mis tiempos sí») que la velocidad de los cambios se ha convertido en exponencial, que una tecnología que parece inmutable palidece por arcaica pasados muy pocos años. Una de las múltiples y más complejas transformaciones de las antiguas estructuras la supuso, en su momento (2008-2010), el alumbramiento del bitcoin. La que fue calificada como la primera criptomoneda de la historia suponía un misterio inescrutable para la mayoría de la población. ¿Una moneda que no existe? ¿Una moneda que se puede comprar, pero que no la puedes tocar, ni pagar con ella, ni la reconocía, para ese entonces, Estado alguno? ¿Una moneda que existe solo en el mundo virtual, pero que supone una oportunidad de inversión por su potencial valor futuro?

Si al principio me costó entenderlo a mí, que pienso que me mantengo al día con los cambios modernos, que necesito estar en la primera fila del conocimiento de las transformaciones socio-económico-laborales para asesorar a quienes recurren al bufete en busca de la mejor opción para sus intereses, de la índole que sean, ¿cómo le podría explicar esto a alguno de mis antepasados – algunos de ellos analfabetos criados bajo condiciones de pobreza extrema en las montañas de mi hermosa isla– en caso de poder resucitarlos o traerlos del más allá? ¿Qué pedagogía debería escoger para explicarle a mi bisabuelo que se podía adquirir una moneda que solo estaba en la imaginación de algunos y a la que se accedía para su uso a través de un teclado y se manifestaba en una pantalla?

Aquel primer bitcoin se sustentaba sobre un nuevo protocolo informático de código abierto que, sobre una nueva infraestructura tecnológica descentralizada denominada blockchain, posibilitó llevar a cabo una transacción entre pares con plena confianza y sin necesidad de intermediarios.

Aquel nuevo orden de la información no era sino un poder paralelo emergente al que los Estados acabarían por prestarle una pronta atención, en su afán regulador, puesto que suponía un contrapeso al establishment sin jerarcas visibles; comprometedor, por su naturaleza, del control económico, en particular del tributario, que los Gobiernos realizan sobre cualquier transacción.

A partir de aquellos albores recientes de la segunda década de este siglo, hace pues apenas 10 años, la tecnología blockchain ha ido evolucionando de forma exponencial y ha permitido desarrollar distintos modelos de negocio basados en interrelaciones descentralizadas donde las partes adquieren compromisos de compraventa cimentados en la ultranza de la seguridad que ofrece blockchain y su blindaje, per se, a cualquier intervencionismo que no proceda de esas mismas partes.

Para explicar todavía mejor este protocolo blockchain, quizá la definición de Wikipedia, otro ejemplo evolutivo del conocimiento que Dylan no recogía en su canción, tan denostada al principio, tan oráculo en el presente, sea la más preclara de las definiciones: una cadena de bloques, ​ conocida en inglés como blockchain, ​es una estructura de datos cuya información se agrupa en conjuntos (bloques) a los que se les añade metainformaciones relativas a otro bloque de la cadena anterior en una línea temporal. De esta forma, gracias a técnicas criptográficas, la información contenida en un bloque solo puede ser repudiada o editada modificando todos los bloques posteriores. Esta propiedad permite su aplicación en un entorno distribuido de manera que la estructura de datos blockchain puede ejercer de base de datos pública y contener un historial irrefutable de información.

A aquella primera criptomoneda le siguieron otras y otras y más. En la actualidad, se calcula que existen casi 9,000 de ellas, con capitalizaciones dispares, algunas solo nominales, otras con miles de millones de dólares sustentándolas. De hecho, algunas de las principales fortunas de los últimos años se han forjado a través de ellas.

Pero si las criptomonedas han representado una revolución que está planteando un nuevo orden inversor de particulares, organizaciones y fondos de inversión y un quebradero para los reguladores que velan por los intereses de los Estados, una nueva proyección de negocio se ha consolidado sobre la tecnología blockchain. Su bisoñez no está reñida con el volumen de negocios que maneja, y es que su antigüedad en el «metaverso» de la virtualidad data de finales de 2017. Son los llamados tokens no fungibles, o su acrónimo NFT.

A diferencia de las criptomonedas o de otros tokens fungibles, los NFT, engendrados también en un entorno criptográfico, tienen como principal característica la unicidad, la exclusividad, el ofrecerse con un certificado inviolable de autenticidad que los vuelve indivisibles, aunque mantienen su capacidad para ser transferidos sin perder su autenticación.

Los tokens no fungibles es un circense “más difícil todavía” para entender la aceleración de las mutaciones a las que las incesantes herramientas tecnológicas que surgen al socaire del Internet someten a la humanidad. Los NFT permiten la posesión de una escasez digital tan masificada, son inmutables y sus aplicaciones son prácticamente ilimitadas.

Por lo general, los NFT pueden usarse en cualquier mercado o sector que permita el intercambio o la transmisión de bienes (de cualquier tipología) que estén asociados a un activo digital. Ese activo puede ser desde una imagen digital, un personaje de un videojuego, una canción o una dirección electrónica. Habitualmente, los NFT se comercializan o se intercambian en plataformas digitales (marketplaces) diseñadas específicamente para ello. Igualmente, permiten la comercialización e intercambio de elementos coleccionables (como cartas digitales, personajes o diferentes elementos digitales), por lo que se podría inferir también que conforman un nuevo coleccionismo que, con los años, acabará con el de objetos tangibles porque el mundo de los humanos parece tender a virtualizarse más y más.

El abanico de negocios que se abre con los NFT es solo el que la imaginación sea capaz de diseñar. En mi opinión, casi todo podría ser «tokenizado» para volverlo escaso y exclusivo: un tuit, la primera pincelada de un libro, el primer capítulo de una nueva novela, los colmillos del último elefante cuando la caza furtiva los acabe de extinguir, incluso, un beso, el vagido de un neonato, el último estertor. Solo se necesita, o no –en caso de que no se quiera comercializar– un comprador, alguien que pueda exhibirlo, alquilarlo, transferirlo o donarlo, que múltiples también son las posibilidades de reutilización de cualquier NFT. Toda una maraña de interacciones que tampoco me veo capaz de explicárselo a cualquiera de esos antepasados a los que aludía y a los que ya les parecería brujería el mero uso del celular.

Esta tecnología blockchain, por su inviolabilidad, también tiene relevancia y utilidad en el mundo laboral porque precisamente la invulnerabilidad, la imposibilidad de falsificación de cualquier expediente académico tokenizado, o del historial laboral, ampliará la confiabilidad entre patrono y trabajadores, bidireccionalmente, cuando las fuentes emisoras de los distintos certificados sean solventes. Asimismo, las empresas podrían potencialmente «tokenizar» el desempeño laboral del empleado y dicho «token», a su vez, podría servir como carta de presentación para la obtención de otros trabajos sin que pueda mediar la picaresca. Los NFT aplicados al trabajo podrían contribuir a solidificar los contratos de empleo gracias a la fidedignidad de la información que se almacena en ellos. Otra revolución por desempolvar que, aunque parezca habitar en la galaxia del futuro, quizá solo se halle en la próxima esquina, a punto de doblarla, máxime habida cuenta de que no hace siquiera un cuatrienio que los NFT llegaron para asentarse en nuestro diario vivir.

Y es que la perseverancia evolutiva arroja eurekas que ni siquiera se nos antojaban imposibles por no acertar siquiera tampoco a imaginarlos. ¿Cómo iba alguien a concebir que se pudiera difundir una mirada de amor y exhibirla como única a potenciales de miles de millones de usuarios que pasan más tiempo en la Red que en el mundo de las cosas?

Quizá en este mismo instante, alguien pueda estar adquiriendo un NFT de la canción «The Times They Are a-Changin” de Bob Dylan – a la que aludía al inicio de esta reflexión – para que la casa disquera que la adquirió consiga rendimiento para su inversión. La vida sorprendiendo, incluso, a los visionarios. Habrá que acomodarse a lo que va viniendo en los nuevos tiempos porque se envejece súbitamente cuando uno se rehúsa a cambiar ante las nuevas tecnologías.

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